Corría el año 2020. Había sido ordenado diácono apenas unas semanas atrás en la Ciudad de México, y todavía llevaba en el corazón la emoción y el peso de aquel compromiso. Recién llegado, recibí una solicitud peculiar: una pareja me pedía bendecir el local de un gimnasio que estaban por inaugurar.
Les expliqué que, dentro de la liturgia ortodoxa, la bendición de lugares incluye oraciones de exorcismo, destinadas a liberar los espacios de toda posible infestación demoníaca. No lo dije al azar. Ellos mismos, con cierta inquietud, me confesaron que durante las obras de remodelación, algunos trabajadores habían asegurado ver sombras y escuchar ruidos inexplicables.
Se trataba de un gimnasio ubicado en la Ciudad de Torreón, cerca del Hospital Magisterio. La pareja, amigos de mi hermana, se mostró expectante desde el inicio. No era una simple bendición lo que buscaban, sino la certeza de que aquel lugar quedaría purificado y protegido.
El ritual comenzó sin incidentes. Recité el Trisagio, esa solemne invocación de la santidad de Dios que resuena como escudo invisible. Luego, inicié el primer conjuro de San Juan Crisóstomo, tomado del Eucologio oficial ruso. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado: un estruendo sacudió el lugar, semejante al golpe seco de una puerta de hierro cerrándose con violencia.
No interrumpí la oración. Sabía que, en estos casos, el enemigo suele intentar distraer o intimidar. Proseguí hasta el momento en que debía bendecir a los presentes con el agua previamente exorcizada. Con el hisopo en mano, rocié a la pareja y a mi hermana, y enseguida avancé por el gimnasio, un espacio amplio, de unos veinte metros de frente por cincuenta de fondo.
Al llegar a una de las paredes cubiertas enteramente por espejos, sucedió algo aún más desconcertante: los cristales comenzaron a resquebrajarse por la mitad, como si una fuerza invisible los desgarrara desde dentro. No se trató de un solo espejo, sino de varios que cubrían la pared de arriba a abajo, quebrándose lentamente ante nuestros ojos.
Finalicé el exorcismo según prescribe el rito: ungí con aceite consagrado a los presentes, pronuncié la bendición final y pedí que todos nos mantuviéramos en oración. Sólo entonces nos dirigimos al fondo del local, en busca de la causa del estruendo inicial. Allí descubrimos algo inquietante: la llave de acceso al patio trasero estaba partida en dos. Una mitad seguía en la cerradura; la otra, inexplicablemente, había volado seis metros hacia el interior del gimnasio.
La pareja, atónita, me preguntó qué significaban aquellos sucesos. Les respondí con calma: “Son reacciones del adversario. Él se complace en aparentar fuerza para perturbar la mente y robar la paz. Pero donde la Iglesia ora, donde Cristo es invocado, no prevalece su engaño.”
Esa noche comprendí algo que marcaría mis primeros pasos en el ministerio del exorcismo: que no se trata sólo de relatos extraños, sino de combates espirituales donde la fe, la oración y los sacramentos se convierten en armas invisibles, más poderosas que cualquier estrépito o fractura.
Por: Pbro. José de la Torre/Sacerdote Exorcista
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